Por Fernando Nájera.
Todos los años cuando el verano toca a su fin y de alguna manera empieza un nuevo curso, aparecen las primeras estadísticas sobre los incendios forestales acontecidos en los últimos meses, haciéndose balance sobre las pérdidas económicas, sociales o ambientales sufridas y los costes en tiempo y dinero que su recuperación supondría.
Si bien es cierto que en algunos casos después de los lamentos y las buenas palabras no se hace nada por recuperar esos paisajes perdidos si no irreversiblemente si al menos para nuestra generación, no lo es menos que en otros muchos las diferentes Administraciones y muchos particulares llevan a cabo un gran esfuerzo por restaurar los espacios devorados por las llamas, a su estado anterior.

Sin embargo y sin perjuicio de reconocer tanto la buena intención como en líneas generales el buen hacer de todos los agentes implicados en devolver la vida a esos parajes ahora aparentemente yermos, cuando se analizan con detenimiento algunas de las actuaciones de restauración o incluso de creación de nuevas masas forestales llaman la atención algunas de las medidas acometidas, sobre algunas de las cuales me gustaría hacer algunas consideraciones.
En primer lugar, como cuestión previa y en contra de lo que muchos querrían escuchar, no pretendo con este artículo pronunciarme a priori en contra de la utilización del pino en ninguna de sus diferentes variedades como factor de recuperación o incluso de creación de paisajes, aunque a lo largo de esta breve reflexión sí que me gustaría matizar algún aspecto concreto relacionado con su utilización a veces abusiva en las repoblaciones forestales.
El pino y en general las coníferas tienen un carácter austero y un crecimiento rápido que permite en un periodo relativamente breve corregir, sobre todo en zonas muy degradadas, los fenómenos erosivos, crear suelo y proporcionarnos un paisaje de más calidad capaz de favorecer una evolución posterior hacia formas más cercanas al climax, con las consiguientes repercusiones positivas sobre la fauna y la economía de la zona.
Sensu contrario si el entorno sobre el que se pretende actuar se encuentra en un estadio evolutivo superior, capaz de soportar otras especies, deberían ser estas al menos en principio las destinadas a ser las inquilinas de esos espacios; Pero es más, aún cuando la especie idónea sea un tipo concreto de pino o cualquier otra especie, no entiendo la densidad con la que se planta y el interés por reemplazar inmediatamente las marras. Si se planta en exceso en previsión de pérdidas y además se sustituyen éstas lo que estamos haciendo es proporcionar un exceso de recurso con el consiguiente riesgo para la biodiversidad y el incremento del riesgo de sufrir un incendio por no hablar de la dificultad para en su caso ser sofocado ya que ello lleva aparejado en la mayoría de los casos una proximidad excesiva de las calles lo que imposibilita el tránsito y por tanto la aplicación de medios para su extinción.
Sólo sería razonable esta medida en zonas concretas con alto peligro de erosión y pérdida de suelo y teniendo en cuenta que si no se acometen otras medidas posteriores corremos el riesgo de haber acometido una medida coyuntural y perderlo todo en el próximo incendio.
Por otra parte las repoblaciones no deberían ser monoespecíficas, aún en el caso de plantaciones con un marcado propósito económico habría que reservar las zonas más idóneas para especies autóctonas creando santuarios que contribuyan al sostenimiento de la fauna y flora tradicional y que eventualmente permitieran iniciar la recuperación de paisajes y ecosistemas ancestrales.
También me atrevo a sugerir que una vez consolidadas las plantaciones y cuando estas no tengan exclusivamente carácter económico se deberían mantener densidades mucho menores de las que habitualmente observamos, tendiendo hacia espacios adehesados en los que convivieran la especies arbóreas con las arbustivas propias de la región. Debemos dejar de pensar en escobas, espinos, zarzas y otras muchas especies como parásitos que merman la productividad de los bosques.
En cuanto a los métodos y sin renunciar a la utilización de maquinaria estimo que sobre todo en las grandes actuaciones no se debe hacer tabula rasa y arrasar todo lo que encontramos a nuestro paso. Hay zonas donde habría que dejar que la naturaleza actuase espontáneamente, permitiendo que los mecanismos milenarios que le han permitido subsistir hasta nuestros días sigan funcionando. La labor del ser humano debe ser la de ayudarla a recuperarse no a sustituir su función.
Por último cualquier acción que desarrollemos en este ámbito debe tener muy en cuenta los intereses de la población en cuya vecindad se lleve a cabo, con objeto tanto de implicarlos en el proyecto y hacerlos participes del mismo como de aprovechar y rescatar del olvido la sabiduría popular que modeló nuestra naturaleza a lo lardo de los últimos milenios. El factor humano debe estar presente siempre de forma que se preserve ese nuevo equilibrio de carácter antropomórfico ya que el primigenio se rompió hace siglos con la desaparición de las manadas de grandes herbívoros que modelaron nuestros paisajes en la antigüedad.

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X Foro de Gestión Medioambiental y Sostenibilidad - 30 de noviembre.